Cuando se mira un cuadro, la ficción que contiene puede crear, como propone Siri Hustvedt, “una ilusión de eterno presente”. Esto se debe a que frente a ese límite tanto real como ficcional, uno se demora y descubre que no es fácil aprehender una imagen en una sola mirada. No es el caso de obras que pasado el primer momento de sorpresa, ya sea por una imagen convencional, un color atractivo, lo nuevo y el aura mediática de la que goza un artista súbitamente instalado en el mercado por decisión de los gurús del arte, se convierten en olvidables. Se trata, sí, de obras con consecuencia, que se van leyendo de a poco, que se van entregando de a poco y en las que la imaginación del contemplador juega también un papel importante al fabular historias que quizás se van entrelazando con las del artista. De allí que la relación que se establece es siempre un acto subjetivo, soy “yo”, un todo ante la tela.
Eduardo Cetner ha dejado atrás una narrativa basada en documentación fotográfica—la serie de inmigrantes por la que conocí su obra—grupos humanos abigarrados, recién llegados a estas tierras, vestimentas de fines del siglo XIX y comienzos del XX, posando para la foto, y en la que no ahorraba detalles de pliegues, gestos, luces y sombras en tonalidades sepias. Una imagen de archivo, de la memoria, de recuerdos familiares, de la nostalgia.
Cetner, después de haber vivido en distintas geografías, tiene ahora una manera diferente de ver el mundo pero no hace borrón y cuenta nueva. El abigarramiento de personajes fue suplantado por grandes espacios iluminados por cielos cerúleos, rosados, grises amarillentos. Pocos personajes, la figura minimizada, casi siempre de espaldas mirando hacia el horizonte infinito, vestidos con largos capotes oscuros. Sin embargo, algo permanece, la atmósfera nostálgica. Hay situaciones insólitas: el grupo de jugadores de cricket, de impecable blanco, en medio de la nada, algunos en poses extremas, los inmigrantes inundados en una salina o una elevación en un paisaje desértico.
A través de esta serie de cuadros Cetner lleva al contemplador a una suerte de viaje por lo desconocido, lo pone frente a una situación inquietante, despierta su imaginación y last but not least, no necesita un texto teórico aclaratorio.
Volviendo al inicio, cuando se mira un cuadro también se piensa en el artista que estuvo allí, frente al blanco de la tela, trabajándola, con todo su cuerpo, en ese ir y venir por sus conocimientos y tecnicismos, también intuiciones, angustias, el “esto no va” de Cézanne, el candente tema de la catástrofe, del caos de Deleuze, el acto de pintar. Después de mirar una obra quizás no se recuerden todos los detalles, volviendo a Siri Hustvedt, “sí los sentimientos que me dejó, las respuestas viscerales a una imagen, son caminos inevitables al significado”.