La imagen despliega dentro de sí una relación fragmentaria,
incompleta con la verdad. Quizás, por esto, pueda establecerse para ella un sentido aporético en la medida gue devela
y, en el mismo acto, oculta. Como sugiere el teórico francés
Pascal Bonitzer en su artículo Desencuadres (1987): la
representación no es, si es gue llegó a serlo alguna vez, esa
duplicación maniaca de lo visible; es también evocación de
lo oculto (...). En definitiva, lo que algunos estudiosos de la
imagen denominan su doble régimen de verdad compuesto,
metafóricamente, por la luz y la oscuridad.
La fotografía implica, además, como parte de la conformación
de su propio dispositivo, cierto sentido sustractivo que quita,
arranca un fragmento de la realidad para otorgar una ilusión
de totalidad, pero nunca la totalidad misma.
Es en esa acentuación de lo sustractivo donde las fotografías
de Inés White se despliegan con mayor potencia y efectividad.
La superficie de sus obras desencadenan fuerzas centrifugas
que tienden a alejar la mirada del espectador del centro,
expandiendo la búsqueda hacia los bordes, efecto que delata
la existencia de un fuera de campo que nunca termina de
hacerse presente, ni siquiera por efecto de la superficie reflejante. Quizas este sea uno de los procedimientos que termina
configurando el carácter decisivamente personal de su obra.
La artista Imprime a lo fotográfico un sentido puramente óptico,
prescindiendo del sentido narrativo que, habitualmente, caracteriza a los dispositivos sustentados en la perspectiva monocular. De esta manera, establece un juego paradojal entre lo visible y lo no visible. Dualidad que, al no sintetizarse en la
propia Imagen, produce cierto grado de extrañeza. El espectador experimenta la sensación de estar frente a algo gue
intuye conocer pero a la vez se le vuelve absolutamente ajeno.
Este senlido se manifiesta en las obras en donde los reflejos
tienen un rol protagónico. Allí el agua, ondulante, reverberante,
y el punto de vista de la toma deforman hasta hacer irreconocibles los objetos. Imagen desplazada que parece haber
perdido el referente.
Las fotografías de los viejos barcos operan con similares procedimientos. Si bien en esta serie los objetos son reconocibles,
la imagen se constituye a partir del sentido sustractivo enunciado: el recorte sugiere la presencia del todo, pero esto
deviene promesa incumplida. Allí también la Imagen desborda el soporte, convirtiéndose en un dinámico campo expandido que j¡uega con la mirada del observador. Hay algo eludido que es buscado, perseguido, pero no encontrado. La
ausencia también es sugerida en la temática asumida formalmente: el resto, lo que estos objetos han sido y ya no son.
White destaca cierta marca espectral que el abandono les ha
grabado. Señal que también se nos vuelve extraña en su
disfuncionalidad y fragmentariedad.
Tanto una serie como otra, parecen instalarnos en una
sugestiva relación con el silencio. Puede una imagen hacerlo?
Puede una fotografía abrirnos a una dimensión sonora? Creo
que es posible en varios sentidos.
Ya en Muerte o crepúsculo del arte, Gianni Vattimo le adjudica
esta condición necesaria a las obras contemporáneas que se
oponen a la proliferación estética instalada por los medios
masivos de comunicación. El silencio es su modo de hablar
frente al ensordecedor ruido de las imágenes mediáticas.
David Le Breton, antropólogo francés, desde otra perspectiva,
enfatiza lo dicho por Vattimo: El único silencio que conoce la
utopia de la comunicación es el de la averia, el del fallo de la
máquina, el de la interrupción de la transmisión. Este silencio
es más una suspensión de la técnica que la afloración de un
mundo interior.
Quisiera detenerme en el último párrafo, ya que, quizá, alli
esté siendo develado el secreto del silencio de las imágenes
de White: el despliegue de la interioridad. Un mundo crece,
lentamente, desde la fotografía misma. Ese universo sustentado en la fluidez del agua no necesita hablar. Se expresa
sigilosamente, a partir de lo mínimo, de la búsqueda del detalle. Prescinde de la grandilocuencia para evidenciar las
marcas herrumbrosas del paso del tiempo. Imagen callada,
pero Insistente, que se manifiesta a través de condensaciones
en un recorte de luz, al decir de Norberto Griffa.
No es casual, entonces, que la obra de Inés White se sustente
tanto enloque evidencia como en lo que omite. En lo que dice
como en lo que calla. En este sentido, silencio y fuera de campo
se vuelven componentes esenciales de un vacio productivo
que expande los límites formales de la fotografía.
Jorge Zuzulich, otoño de 2008